Mi reino por Su Reino

Es muy recurrente hoy en día escuchar el comentario sobre la falta de valores y metas que padece nuestra juventud. Que los jóvenes de nuestro tiempo no son como los de antes y andan como desorientados. Algo que no es más que un reflejo de la sociedad que nos rodea a todos… Un motivo importante en este sentido podría ser la carencia o desconocimiento de referentes que nos orienten, al menos ligeramente, en los caminos más directos y seguros hacia la plenitud personal. Es decir, hacia la santidad de vida.

Con este humilde objetivo queremos aprovechar ciertas ocasiones que nos va brindando la Providencia divina para acercarnos a las huellas que dejaron diversos jóvenes en diferentes épocas históricas. Jóvenes que entregaron su corazón a Cristo, especialmente en la Eucaristía, y que vieron inscritos sus nombres en el Corazón que amaban.

En esta ocasión, centraremos nuestra atención, nada más y nada menos, que en el patrón de la juventud católica, San Luis Gonzaga. Precisamente estamos disfrutando aún del Año Jubilar Aloisiano que la Santa Sede concedió a la Compañía de Jesús en el 450 aniversario de su nacimiento.

Luis nacía un 9 de marzo de 1568 en Castiglione delle Stiviere, un pequeño pero acogedor pueblo de la región de Mantua, en Italia. Pertenecía a la noble familia de los Gonzaga, y como primogénito de ocho hermanos tendría la fortuna de poder heredar los títulos y posesiones de su padre, el marqués de Castiglione y príncipe del Sacro Imperio Romano, D. Ferrante Gonzaga. De hecho, su educación fue amplísima y se enfocó en las habilidades sociales, el manejo de las armas y la vida en la corte. Eran frecuentes sus contactos con las grandes familias europeas, como los Estense, los Medici… Su padre quería hacer de él un digno sucesor, mientras que su madre se preocupaba antes de nada del alma de su hijo. Como buena madre, Dña. Marta, que había sido dama de nuestra reina española Isabel de Valois, era sabedora de los peligros que encerraba este ambiente para el crecimiento del niño. De ahí que nunca abandonara la oración por él.

Y, como siempre ocurre, el Señor atiende a los que le llaman. De modo que Luis consiguió no alejarse de la fe a pesar de los atractivos mundanos que se le presentaban. Y con los años fue creciendo en su vida espiritual. Hasta el punto de que, a los 8 años, le dice a su madre: «Vos habíais dicho que deseabais un hijo religioso: creo que Dios os hará la gracia y que ese religioso seré yo». Será un año después cuando, en la iglesia de la Anunciación de Florencia, hará voto de consagrarse enteramente a Dios ante la Virgen María. Este momento marcará un antes y un después en la vida de nuestro querido Luis. Profundizará en la lectura espiritual, la meditación de la Sagrada Escritura y el rezo del rosario. Herramientas que el Señor le va dando para prepararlo de cara al gran encuentro… En 1580, recibe la Primera Comunión de manos del cardenal San Carlos Borromeo.

Es posteriormente cuando llega a España con su familia en el séquito de María de Austria, hija de Carlos V y hermana de Felipe II. En nuestra patria, el joven Luis pone aún más atención a los planes de Dios sobre él. Y comienza a sentir simpatía por los Carmelitas, a través de la vida de Santa Teresa de Ávila, y también por los Franciscanos. Sin embargo, finalmente será en la Compañía de Jesús donde se santificará. Lo que más le atraía de los seguidores de San Ignacio era el voto que realizaban de rechazar cualquier dignidad eclesiástica y su vocación misionera hacia los confines del orbe. Como el anhelado Japón.

Ante esta decisión, su padre se opone frontalmente, intentando disuadirlo primeramente de que se hiciera sacerdote, animándole a servir a Dios, pero en la vida secular. Y, ante lo infructuoso de su intento, procura en un segundo momento que se haga cura «de Iglesia», pero no de una orden que le obligaba a renunciar absolutamente a todo. Aunque nada se puede hacer ante la firme voluntad de Luis. Así, su padre decide escribir al superior general de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva: «Os entrego lo más valioso y esperanzador que tenía en este mundo». Días después se producirá la renuncia a todos los bienes y privilegios a los que tenía
derecho. Rechazando la corona del marquesado, en favor de su hermano Rodolfo, ante la cruz del Señor.

Luis entrará en el noviciado de los jesuitas en Roma a la edad de 17 años,
con seguridad, y destacará entre el resto por su absoluta humildad, obediencia, sinceridad, mortificación, austeridad y continua oración. Su mismo director espiritual, el sabio San Roberto Belarmino, diría frecuentemente: «Esto lo he aprendido de nuestro Luis». Lo que, de nuevo, nos lleva a comprobar cómo la santidad llama a la santidad…

Al final, en 1591 una epidemia de peste y tifus asola la ciudad eterna dejando multitud de apestados en el más radical abandono. Los hospitales existentes no daban para atenderlos, y los jesuitas crean uno al efecto. Eran los novicios los que acudían a sanar los cuerpos y las almas de los moribundos. Allí encontramos a Luis el primero de todos, cargando enfermos sobre sus espaldas para rescatarlos de los peores lugares de Roma. Hasta que el 3 de marzo es contagiado y no le queda más que retirarse a su pequeña estancia y agarrado al crucifijo ofrecer su sufrimiento.

En estos últimos días de su peregrinar escribe dos bellísimas cartas a su madre, que nos permiten adentrarnos en las profundidades de la relación de amistad y amor que había creado con el Señor. Bastan tres extractos para lograrlo: «Ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás». Y añade: «Al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que Él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y e promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado». Para terminar confiado: «Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esta infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que con su intercesión puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo».

Es con esta visión trascendente, que nos interpela, como morirá santamente, habiendo recibido el viático, en la octava del Corpus Christi, el día 21 de junio de 1591, como le había sido revelado en uno de sus éxtasis. Su cuerpo descansa desde entonces en la iglesia jesuita de Sant Ignacio in Campo Marzio en Roma. Tras haber sido canonizado en 1726 por Benedicto XIII, junto al también jovencísimo San Stanislao de Kostka.

Pero no está todo dicho aún. Y es que, si hubo una devoción que sobresalió por encima de las demás en Luis, esa fue al Corazón de Jesús por medio de la Adoración Eucarística. Por desgracia, es un elemento que muchas veces pasa desapercibido en los comentarios biográficos que se le dedican. Sin embargo, es tan fundamental en su vida que sin ella no se entendería el abandono de su propio reino… por el del Rey de Amor que desde hace casi 100 años reina en España. Así lo recoge un precioso cuadro que se encuentra en la iglesia del Colegio Belarmino de Roma en el que estudiaban los novicios jesuitas, en él se ve a Luis abandonado a la contemplación de este Corazón que le atrae hacia Él.

El propio padre Juan Croiset, enamorado de este Corazón, no tarda en percibirlo y recogerlo en su libro La devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Es, concretamente, en el sexto medio para conseguir un perfecto amor a Jesucristo y una tierna Devoción a Su Sagrado Corazón dónde nos habla del ejemplo de San Luis Gonzaga. Y nos anima a encomendarnos a él para que nos haga partícipes de la misma devoción que atesoraba y custodiaba. Además, siendo nosotros jóvenes como él, con más orgullo y eficacia actuará en nosotros.

Seguramente que, si Luis pudiera hablarnos en estos momentos, nos empujaría a abandonar una vida mediocre y tibia, seducida por las comodidades y el reconocimiento social. Nos alentaría a saciar la sed de verdad que Dios puso en cada uno; y para eso hay que moverse y abrirse. Luis no dejó de buscar ese “más” que hay en la vida, hasta que lo encontró con tan sólo 24 años. ¿Y nosotros? ¿Dónde tenemos nuestra ganancia, dónde está nuestro corazón? ¿Nos dejamos arrastrar por el mundo, o nuestros cimientos nos permiten nadar a contracorriente? La felicidad sólo se encuentra en un Reino, espero que como nuestro ya hermano Luis sepamos hallarlo, mientras rechazamos los desvíos del camino. ¡Para ello os encomiendo a todos! ¡Hasta pronto, jóvenes enamorados del Señor!

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