Crónica del XVI Encuentro Nacional de Jóvenes Adoradores

Me produce una gran alegría presentar una nueva crónica de un Encuentro Nacional de Jóvenes Adoradores —el XVI en este caso—. Y más aún cuando ha supuesto, en esta ocasión, una oportunidad única de experimentar la grandeza del amor que Dios nos tiene.

Todo comenzaba la tarde del viernes 28 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Y no podíamos tener mejor inicio que acudir a la celebración eucarística que al efecto se iba a celebrar en el Convento de Carmelitas que se encuentra en el mismo Cerro de los Ángeles. Carmelo que fue fundado por Santa Maravillas de Jesús, gran apóstol del Corazón de Cristo en nuestro país, para dar respuesta a la petición que le hizo el Señor: «Aquí quiero que tú y esas otras almas escogidas de Mi Corazón, Me hagáis una casa en que tenga Mis delicias. Mi Corazón necesita ser consolado y este Carmelo quiero que sea el bálsamo que cubre las heridas que Me abren los pecadores. España se salvará por la oración». Poder pisar ya ese Santo Cerro justo en este día ayuda a empezar a atisbar la transcendencia de lo que iría sucediendo a lo largo del fin de semana…

A continuación, nos trasladamos al Hotel Los Olivos, a los pies del Cerro, donde nos reunimos ya todos los participantes que habían acudido a vivir este nuevo Encuentro Nacional. Hasta allí acudieron jóvenes de Zaragoza, Castellón, Vigo, Navarra, León, Málaga, Toledo, Burgos, Getafe, Murcia y Madrid. Esa primera noche, tras la cena, la dedicamos a conocernos todos un poco más. Sobre todo, qué era lo que nos había llevado hasta aquel lugar… Aprovechamos también, antes del descanso, para pedir por aquellos jóvenes que, a pesar de sus deseos de acudir no pudieron hacerlo, y para que los frutos del Encuentro les alcanzaran también a ellos.

El día siguiente, sábado 29, era la fiesta de los Santos apóstoles Pedro y Pablo, además de conmemorarse al Inmaculado Corazón de María, al que nos habíamos consagrado hace ya más de un año bajo la guía de San Luis María Grignion de Monfort. Como veis, no podíamos tener mejores acompañantes de cara a la gran celebración del domingo… Por tanto, el sábado, faltaría más, debíamos comenzar la jornada con la celebración de la Eucaristía, y la disfrutamos en una de las estancias del hotel. Para dar paso, acto seguido, a una interesante y provechosa novedad con la que hemos contado este año.

Diferentes jóvenes habían ido preparándose durante varios días unos temas bien interesantes sobre la espiritualidad y devoción al Corazón de Jesús, y apoyados en documentos magisteriales como las encíclicas Quas Primas y Miserentissimus Redemptor se disponían a regalarnos las perlas que contenían. La verdad es que esta iniciativa fue un gozo para todos, y es que es muy enriquecedor dejarse nutrir por la vivencia personal que a cada uno ha suscitado la enseñanza de la Iglesia. Fue una verdadera formación sobre el Sagrado Corazón a través de temas como el reinado de Cristo, la consagración, la reparación y sus formas concretas, los diferentes apóstoles de ese Corazón que ha habido a lo largo de la historia y las promesas que se les han comunicado… Se notó que había un gran trabajo previo y mucha ilusión por ser de ayuda para los hermanos.

Sin embargo, aún quedaba el comprobar cómo puede afectar la vivencia de estas verdades a una persona concreta. Si todo se queda en la teoría, o de verdad puede llegar a tocar un alma y despertarla. Y, para ello, la Providencia nos regaló el privilegio de contar con el testimonio del sacerdote D. Mariano Funchal. A través del cual palpamos cómo el suave roce del amor del Corazón del Señor, que se manifiesta en la Eucaristía, puede hacerse replantear a un joven todos sus proyectos vitales, por muy buenos que fueran, en favor del cumplimiento de la voluntad de Dios. Lo único que nos puede procurar la alegría verdadera en nuestras vidas. De D. Mariano emanaba una alegría evangélica natural, de esas que contagian y te hacen dar gracias al Señor por sus dones.

Nos sentamos después todos a la mesa para coger fuerza, con la comida, de cara a lo que se avecinaba esa misma tarde. Eran las 17:30 aproximadamente cuando dejábamos el que había sido nuestro alojamiento durante esa primera parte del Encuentro y nos dirigimos hacia el Cerro de los Ángeles. La verdad es que hacía un calor sofocante a esas horas de la tarde, aunque paso a paso pudimos llegar hasta la cumbre y entregar al Sagrado Corazón —en aquella bella imagen— el esfuerzo realizado por los frutos de la tan cercana renovación de la Consagración de España.

Una vez arriba, tocaba ponerse manos a la obra y preparar la llegada de todos los Adoradores Nocturnos que irían llegando, desde todos los puntos de España, a lo largo de la tarde para celebrar la Vigilia Nacional que se desarrollaría en la explanada del Santuario esa noche. A cada turno o sección entregábamos su separata tras anotar su nombre y año de fundación. Y así fueron pasando un autobús detrás de otro, llenos de adoradores nocturnos de todo lugar. No es de extrañar, por tanto, que se diera esa magnífica procesión de banderas, dando testimonio de tantas almas agradecidas al Santísimo Sacramento.

La Santa Misa de inicio de la Vigilia Nacional pudimos disfrutarla todo el grupo de jóvenes adoradores juntos a los pies del monumento al Corazón de Jesús, y así también asistimos a la Consagración de la Adoración Nocturna Española realizada por nuestro presidente al final de la misma. Fueron momentos emocionantes, vividos muy interiormente por todos. A lo que se sumó la Vigilia de la Adoración Nocturna como tal. Todos comentábamos lo mismo, qué marco y qué momento tan incomparables para realizar dicha adoración. A sólo unas horas de volver a renovar la Consagración de España al Sagrado Corazón y aprovechando para entregarle nuestro propio Corazón rodeados de una paz y alegría que emanaban de todas las personas que llenábamos aquella explanada. Y, por si fuera poco, la bandera nacional se iba haciendo cada más presente a lo largo de la base del mayor monumento que se ha dedicado al Señor en nuestra tierra. Todo acompañaba, hasta aquella brisa dulce que nos aliviaba del calor sufrido durante la tarde… Desde luego que, recordando al Padre Mateo Crawley, se puede decir que parecíamos estar en el Monte Tabor, junto a Pedro, Santiago y Juan asistiendo a la misma Transfiguración… Y desde luego que nos habríamos unido a la ocurrencia de Pedro: «Hagamos tres tiendas». No se podía estar mejor. Fueron momentos en los que cada uno de nosotros pudo hablar de tú a Tú con el Señor, pudo pedirle que hiciera de nosotros un nuevo Tabor en medio del mundo. Un Tabor que diera testimonio de lo visto y vivido allí a todo con el que se encontrara, empezando por los más cercanos con los que compartimos nuestra cotidianidad. Aquellos que deberían ser los primeros en notar que algo ha ocurrido en nosotros, que no hemos descendido de ese Cerro de la misma manera de la que subimos hasta el.

Sin embargo, los regalos no terminaban. Algunos de los jóvenes de nuestro grupo fueron los encargados de portar el palio bajo el que el Señor quiso acercarse en la procesión eucarística a todos los que habían acudido hasta Él aquella noche. La Vigilia tocaba ya a su fin y llegaba el momento de buscar un lugar donde poder descansar, algunos minutos al menos, hasta que volviera a salir el sol. Es lo que hicimos entre los pinos que conforman el bosque de entrada al recinto del Cerro, rodeados de muchos otros jóvenes que también deseaban vivir de primera mano esa espléndida mañana de domingo.

Eran las 7:00 de esa misma mañana y ya estábamos esperando a las puertas de la explanada del Cerro deseando que nos dejaran entrar. En cuanto lo hicieron nos apresuramos a escoger los asientos más próximos al altar que pudimos, y gracias a Dios conseguimos reservar sitio para todos los que éramos. Este espléndido grupo no podía disfrutar de lo que venía separado. La espera no fue corta, porque hasta las 10:00 no dio inicio la Eucaristía. Tiempo que nos sirvió para seguir creando lazos entre nosotros.

El sol ya había logrado alcanzar cierta altura cuando la procesión de entrada avanzaba por el pasillo central de la explanada del Cerro. Una bonita procesión en la que se representaba, gracias a la presencia de los diferentes obispos y cardenales, a todo el pueblo español. Se percibía la alegría interior de todos ellos por poder participar en un acto tan trascendental. El calor del Corazón de Cristo siguió haciéndose presente en ese Santo Cerro. Y así llegamos al tan anhelado momento…

Fue un detalle precioso que, en esta ocasión, 100 años después, fuéramos todos los presentes allí quienes pudiéramos renovar la Consagración de España al Corazón de Jesús. Tantas almas de españoles representadas a través nuestra humilde presencia. Presencia adoradora ante el Señor expuesto en esos momentos en la Custodia. Presencia orante por tantas necesidades de nuestra nación, de nuestras familias y de nosotros mismos. Presencia agradecida por los dones que Su Sagrado Corazón ha derramado desde el Cerro de los Ángeles a lo largo de este siglo. Presencia reparadora por tantas ofensas que hacia ese mismo Corazón se han dirigido.

No podía haber mejor colofón a nuestro Encuentro, dejar testimonio de tantos otros jóvenes que entregan su vida al Señor en horas calladas de adoración y que no pudieron acompañarnos físicamente. No podemos ni atisbar los frutos que surgirán de la vivencia común de este fin de semana, incluso más allá de nosotros mismos. La «Corazonada» que acredita nuestra peregrinación sí que puede ayudarnos a reflexionar sobre ello.

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