Saludo al XI Encuentro del Obispo de Salamanca

Como preparación al del XI Encuentro Nacional de jóvenes adoradores en Salamanca, el obispo diocesano de Salamanca, D. Carlos López, nos ha escrito la siguiente carta de saludo.

Queridos Jóvenes Adoradores:
Con afecto fraternal, y en gozosa sintonía espiritual con vosotros, os saludo y os acojo en Salamanca. La coincidencia de vuestra estancia en Salamanca con el Encuentro Diocesano de Jóvenes fuera de nuestra ciudad me impide estar personalmente con vosotros, confesando la fe común del Iglesia y adorando al Señor presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
En el Año de la Fe os ha convocado el Señor a este, Encuentro de Jóvenes Adoradores para que viváis una intensa y gozosa experiencia de adoración del Santísimo Sacramento, que os introduzca a un verdadero encuentro personal con el Señor en cada celebración de la Eucaristía. Este encuentro con Jesucristo en la Eucaristía se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad que celebra y cada uno de sus miembros es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, viene a habitar entre nosotros, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, tras disolverse la asamblea, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestros sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.



A semejanza de Jesús, todos nosotros, sacerdotes y fieles, ofrecemos a Dios el sacrificio de nuestra existencia santificada por el Espíritu de Cristo; todos nos alimentamos de la misma Eucaristía y nos postramos para adorarla, porque en el Santísimo Sacramento están presentes el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús, Víctima y Sacerdote, para la salvación del mundo. La celebración de la Eucaristía alcanza su pleno significado y valor santificador cuando va precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración.
El sacerdocio común y el del ministro ordenado se encuentran unidos en el culto eucarístico. En el momento de la adoración todos estamos al mismo nivel, de rodillas ante el Sacramento del amor, que transforma el mundo con el amor Dios. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido con multitud de jóvenes en las inolvidables vigilias de las Jornadas de la Juventud en Colonia y Madrid. Estos momentos de adoración preparan los corazones al encuentro con Cristo en la celebración de la Eucaristía. La comunión y la adoración no se pueden separar; para comulgar verdaderamente con otra persona debemos conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escuchada, mirada con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, llenos de respeto y veneración, de manera que el encuentro se viva profundamente, de modo personal e íntimo.
En la Última Cena, Jesús, con el poder de su amor, transformó el sentido de la muerte hacia la cual se dirigía y convirtió la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre. De su oración eucarística brota la fuerza que transforma la realidad en sus dimensiones: la naturaleza, el hombre y la historia. Esta transformación es posible gracias a una comunión más fuerte que la división: la comunión con Dios mismo. Cuando en la Eucaristía recibimos la comunión entramos en comunión con la vida misma de Jesús, que se entrega por nosotros y se nos da a nosotros. El cáliz que bendecimos es comunión de la sangre de Cristo, y el pan que partimos es comunión del cuerpo de Cristo. Y, «porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan»(1Co 10, 16-17).
En el encuentro que tiene lugar en la comunión eucarística, Cristo nos transforma en Él, abre nuestra individualidad, la libera de su egocentrismo y la inserta en su misma Persona. De este modo, la Eucaristía nos abre también a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somos uno en él, como miembros de su único Cuerpo. De la Eucaristía deriva el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia. Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel; y está atento a cada persona, se compromete, de forma concreta, en favor de todos aquellos que padecen necesidad. Del don de amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra responsabilidad especial de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fratema. Especialmente en nuestro tiempo, en el que la globalización y la crisis nos hacen cada vez más dependientes unos de otros, el cristiano puede y debe hacer que estas relaciones sociales y económicas no se construyan sin Dios, es decir, sin el amor verdadero, que supera el individualismo y evita los atropellos de todos contra todos. La meditación y la adoración del sacramento de la Eucaristía nos abren los ojos para reconocemos como miembros del mismo cuerpo de Cristo y para aprender a compartir el amor, que en el Sacramento del altar recibimos.
Que el Señor nos conceda la gracia de comprender y vivir en su plenitud el misterio de la Eucaristía que con tanta fe y amor adoramos.